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sábado, 26 de noviembre de 2022

Enric González. El timo de la curva




Artículo imprescindible de Enric González aparecido en El País el 22 de noviembre de 2022


El timo del príncipe nigeriano lleva años practicándose.
Todo el mundo sabe en qué consiste: un millonario (y príncipe, por qué no) necesita sacar discretamente de Nigeria su inmensa fortuna y pide al destinatario del mensaje su número de cuenta corriente para transferirle un pastón, del que podrá quedarse una parte. Luego surgen contratiempos, el millonario solicita pequeños envíos de dinero y la cosa acaba como acaba. 

Es una estafa tonta, pero hay quien sigue cayendo en ella. Al fin y al cabo, existe en teoría la posibilidad de que un millonario nigeriano necesite sacar discretamente su dinero de Nigeria y le elija a usted como socio. Es una posibilidad entre billones, sí. Pero existe. Otra estafa que lleva años practicándose con éxito, pese a que el timado no tiene absolutamente ninguna posibilidad de salir ganando, es la denominada “curva de Laffer”

Aclaremos que la curva de Laffer parte de algo obvio: si Hacienda reduce los impuestos a cero, no ingresa nada; si los sube hasta el 100%, tampoco ingresa nada porque a nadie le compensa trabajar. Por tanto, entre cero y cien hay un punto óptimo. La gracia del timo consiste en convencer a la víctima de que el nivel impositivo en un país determinado es excesivamente alto. 

“Si bajamos los impuestos”, dice el timador, “la economía crecerá y recaudaremos más”. El inventor de este pufo se llama Arthur Laffer. En 1974 convenció a Donald Rumsfeld y Dick Cheney (otros dos profesionales del fraude) trazando una curva sobre una servilleta. Ronald Reagan ganó la presidencia en 1980 basándose en la puñetera curva y dejó como herencia un déficit gigantesco

 En 2005, la Oficina de Presupuestos del Congreso hizo un ensayo teórico sobre la cosa de Laffer y demostró que era un timo. Pero Laffer tiene labia y en 2012 engatusó al gobernador republicano de Kansas, Sam Brownback, quien eliminó los impuestos estatales a los más ricos para proporcionar a toda la población una extraordinaria prosperidad. Como era de esperar, la cosa acabó en ruina. 

En 2017, los congresistas republicanos y demócratas se unieron para abolir la política fiscal de Brownback por entonces el gobernador más impopular de Estados Unidos. A Arthur Laffer ya le daba igual, porque a esas alturas se había convertido en asesor de Donald Trump, quien en 2019 le condecoró por su contribución a la ciencia: los delincuentes suelen mantener un código de honor entre ellos. 

 Liz Truss, efímera primera ministra británica, intentó colarles a sus compatriotas (y a los inversores internacionales) el timo de la curva, pero el personal estaba ya muy resabiado. Truss duró sólo 45 días, que le bastaron para quemar 80.000 millones de libras (unos 90.000 millones de euros) en los mercados bursátiles y, de paso, hundir la moneda. 

La próxima vez que oiga usted eso de “reduzcamos impuestos y todo saldrá bien”, puede creérselo. O no. Si se lo cree, busque en su correo aquel viejo mensaje del príncipe nigeriano y responda de inmediato: “Querido príncipe, ahí va mi cuenta corriente y, para ahorrarle molestias, dígame ya dónde puedo enviarle mis ahorros”. Es cuestión de asegurar la jugada, por si lo de la curva no acabara de funcionar.

Enric González 

El País en su día "desterró" a Enric González  a Tel Aviv, por hablar en un artículo de "capitalismo de casino"  en plena estafa bancaria. El artículo no se lo publicaron. 

lunes, 10 de diciembre de 2018

Engañados


Enric González

Solíamos pensar que la provincia francesa era un remanso de tranquilidad. Y qué decir de la campiña: paisajes hermosos, buena comida, gente risueña. Las cosas, por supuesto, nunca fueron así. Pero eran mejor que ahora. Hoy puede afirmarse que cuanto más lejos vive uno de la gran urbe, más lejos queda todo: la escuela, el hospital, el mercado y (de haberlo) el trabajo. Si las ciudades y sus suburbios han sufrido los recortes de la última década, las pequeñas poblaciones y los pueblos, donde se han refugiado los expulsados de la urbe, han recibido tajos casi mortales. 
Eso vale para Francia y, en general, para el conjunto de la Unión Europea.

El caso de Francia es notable porque sufre una grave decadencia. Trabajé en París al final de la presidencia de Francois Mitterrand y he vuelto estos últimos años: incluso en la deslumbrante capital, la ciudad más visitada del mundo, se percibe el desgarro social y el declive económico. El declive, amortiguado por el patrimonio privado de una sociedad históricamente rica, resulta relativo: la mayor parte del mundo suspira por sufrir lo que sufren los franceses. Pero cada uno juzga lo suyo según le van las cosas. Y el hecho de tener un presidente por accidente (Emmanuel Macron no habría ganado las elecciones si el conservador Francois Fillon no se hubiera autodestruido), tan listo, tan urbano, tan arrogante y tan inexperto, con una mayoría parlamentaria compuesta de gente parecida a él, en peor, no ayuda en absoluto.

Francia, decíamos, vale como ejemplo. Hay algo que nos cuesta asimilar: la globalización no implica necesariamente liberar de impuestos a los ricos, ni someterse a los mercados especulativos, ni hundir los salarios, ni obliga a hacer reverencias a los monopolios. Eso es el neoliberalismo, cuyos voceros han logrado convencernos de que no existe alternativa. 

El neoliberalismo, del que empieza a abjurar incluso una revista tan liberal como The Economist, dispone de buenos voceros y, además, es servido por eficaces mamporreros: son esos que preconizan la mística de las fronteras, el retorno a los valores decimonónicos, la firme autoridad (de ellos) y la cansina mitología de las patrias y los pasados gloriosos. Se digan de izquierdas o de derechas, son mamporreros. Y cumplen su función: ¿queréis la Venezuela de Maduro?, ¿el Brasil de Bolsonaro?, ¿la Cataluña de Torra?, ¿no?, pues venid al regazo neoliberal.

Tal vez el truco esté dejando de funcionar. En su desesperación, hay quienes eligen al mamporrero. Ya sabemos quién pagó, y sigue pagando, la crisis de 2008. No importa. El mundo solo funciona si los beneficios de las megaempresas son cada vez más grandes y los salarios son cada vez más pequeños. El 1% de la población acumula casi la mitad de la riqueza, pero el sistema de pensiones y la sanidad pública son insostenibles. Las guerras son inevitables. Nos tragamos cada día estas trolas hediondas, y muchas otras.

Añadamos una trola reciente que se les ha atragantado a los franceses: la lucha contra el cambio climático deben pagarla los pobres, porque fuman y conducen coches diésel.
Como los párrafos anteriores han salido un poco pedestres, espero dignificarlos con la cita de un clásico contemporáneo, por desgracia anónimo: “Emosido engañado”.

https://elpais.com/elpais/2018/12/07/opinion/1544186299_722426.html